Pequeños placeres de la vida

Quien bien me conoce, sabe que “odio” la playa… aunque con un ‘pero’ en mayúsculas, ¡solo en verano!

 

 

No hay mayor placer que pasear por la arena, o cuando ya va haciendo calorcito, descalza por la orilla del mar, sea invierno o primavera (eso sí, menos en días de aire… puagh!)

¿Hay algo más relajante que llegar a la playa y escuchar las olas del mar o sentarte en la arena y mirar al horizonte?

 

En pleno verano pues tiene su gracia si quieres ponerte conguito (yo soy más de ponerme cangrejo, pero bueno… aunque para eso prefiero más la piscina), si vas con amigos a pasar la tarde y haces un poco el ganso, o es muy genial ir a cenar, y si es con chapuzón final, pues mejor.

Pero en verano la playa cierra el encanto romántico que ofrece el resto del año… Y no hablo de romántica a modo LOVE, sino de la época de Friedrich; me abruman los paisajes amplios y donde la mirada se pierde.

“El caminante sobre mar de nubes” siempre me ha apasionado, porque guarda ese misterio propio de la época y por la inmensidad del paisaje frente al personaje.  Sentirte tan pequeño ante algo taaaaan sumamente grande. El paisaje se regenera, y tú, como cuerpo, mueres.

Caminante sobre el mar de nubes, de Friedrich
Caminante sobre el mar de nubes, de Friedrich

 

Bueno, realmente no me pongo tan melodramática cuando voy a la playa, aunque sea a pasear, pero sí que me gusta dejar la mente en blanco, o al menos intentarlo. Es buen momento para respirar, dejar tus problemas atrás, y disfrutar del paisaje. Es que no hay nada que me llene más que pasear junto a la orilla del mar.

 

 

Y es que yo, señores, nací en el Mediterráneo♥

 

 

 

¡Feliz semana!

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